
Yo puse en la vereda sangre
veinticinco siglos y un vital negro nocturno
para que una pasión de andamio se cayera, siempre hueca, destada y desnuda.
Yo vi a un cisne fornicando con sus alas desgarradas
con un gato de pimienta, de gordo tambor, subterránea memoria
y un filtro de ratas con alegría de muerte.
Nadie sabe de los reemplazados
ni su caos ni su rima, nadie sabe que nacieron de una monja sin esquemas
sin vientre, sin ojos.
Un romance de Roma es una pureza de ceniza
y la angustia un personaje de larga cola.
Mi hermano tiene un hormiguero, Héctor tiene un país sin arena, Sergio come fango escrito,Sebastián tiene dos bocas y no come y Eduardo es como un libro de ciencia biológica.
Todos, tibias furias, cementerios y dolor de sala.
Ni la guerra ni el dedo, ni la tortuga ni la alcantarilla, ni el pecho ni la universidad, sólo el huevo que se desprecia y el borracho que cuenta su criatura.
Los ahogados, los equivocados, los violadores, los bordes, los indios afilados,
las mujeres, las palmas, la ironía, el abusador, la desembocadura, la que se muere de jardín,
el que nace de la almohada, los que besan a saturno, los egoístas, los locos verdaderos,
los anormales, la manzana, la luciérnaga, hasta el volcán de mezclilla,
desde allá hasta este punzante agujero del amor
y la alambrada garganta que me lastima el método.
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