a Gerardo Ugalde
Sobre
la base blanca, siempre blanca, casi transparente, tiritan sus manos;
trepidan
los cabellos de un venado, sobre el árbol que será esa idea:
Árbol
doloroso. Árbol que sucumbirá de frutos y colores.
Árbol
de miseria que todo entenderá
solo
frente a los ojos de
quien
lo ha pintado.
¿Dónde está Gerardo? Sobre
noches, iluso; sobre puentes, pensando; sobre luces, buscando luciérnagas. Volverá
a nacer todos los días, porque cada día es un anhelo a punto de cambiar, siempre a
punto. A punto de cumplirse, de terminarse y volver a tener otro.
¿Te acuerdas de cuando estuvimos juntos esa noche? ¿Qué
hubiera pasado si te hubiera besado en lugar de hacer lo que hicimos? Por supuesto
que el equinoccio y que la luna; que las flores; por supuesto que nos dijimos
te amo; claro que obedecimos al deseo; sí, semejantes del cielo, nos hicimos. Pero,
¿te acuerdas de qué renunciamos? Sí, de qué, no a qué renunciamos.
−Mira mis ojos; velos bien; obsérvalos.
−Son dos noches turbias.
−Toca mi nariz y dime qué sientes.
−Siento pasar la vida.
− ¿Qué son mis mejillas?
−Son dos estepas
−Respira de mi cuello ¿Qué respiras?
−Un robusto edificio suave; huele a
madera caliente, lijada; respiro el cimiento de tu inteligencia y además… ¡Ay,
tu manzanita!
− ¡No la toques, jaja…ja!
Espera a que pase su
risa. El dedo índice y el medio en ye, vuelven al cuello y bajan para, junto con
el pulgar, desabrochar tu camisa. Descubre la profundidad de tu ombligo y,
porque no pudiste suprimir que te quitara el pantalón y, de nieve, la ropa interior;
descubre también la firmeza de tu pubis, su sombra varonil que se pronuncia en
tu entrepierna; y tu sexo, hermosamente dormido… Y, de lanza la mirada; de
caricia la mirada…; las venas se hinchan, tensan tu piel y, sobre esa tensión,
ensalivada lengua: ahoga su aliento y anega de tu proyectil anatomía su boca.
−Oye, esto
está mal.
−Pero, ¿qué
sucedería si esto no sucediera?
Serpientes turquesas,
arcas, mejores que hijos de los aires, corrientes de esperanzas, terreno del
hueso salado, almíbar del ocaso, infructuosa estatua, párpados hundidos, ojos
que se desprenden, sueño adolorido, zapato incrustado, rojizo movimiento,
aceitoso rubor de montaña, alba de los juegos del hombro, campos de los ojos
vírgenes, procedimiento del esqueleto, sistema de violín, repara, reparan, duerme,
duermen, y los termómetros del mar ya son la habitación que te espera ardiente,
fulguroso, cruz que latirá, voz del horror, superficie del desierto, opresión
de madrugada.
Degüéllate, fruto de
dos cabezas; piérdete, hermano del laberinto; acúsate, privilegiado blanco;
muérete, mausoleo, te quiere vivo. Entúrbiate, cristal, salte de su herida.
−¿Por qué lo mutilamos?
−¿El qué?
−El fracaso…
−No sé por qué, lejos de ti, mueren tus
ojos, tus besos, tus manos huesudas, tus labios gruesos. Se me olvida el
reproche de la soledad. Se me olvida que tengo en el estómago el corazón que me
dejaste comer, porque sí lo como, pero tampoco recuerdo a qué sabe. Sé que
tienes espalda, pero no sé cómo es, en qué se distingue de las demás. Para reconocer
la mía, tengo un juego de dos espejos, para poder saber cómo soy. Se me olvida,
qué tan largas son tus pestañas y si están rizadas; cuánto son negras, algunas
venas de tus ojos. Se me olvida el color exacto de tus dientes. Sé que no son
blancos, sé que tienes una uña larga –de tu meñique–; que te depilas algunas
cejas; que te presté dos libros; que reíste, pero no recuerdo qué tan larga es
tu uña, ni cuántas cejas te quitas, qué libros son, ni cómo reíste. Sé que
cantas, que tocas guitarra, que me enseñaste, que lo intentaste, pero recuerdo
más que fue sobre tus piernas, el calor de tu pecho y el aliento sobre mi
cuello. ¿Debo pedirte perdón? Es que si no te olvidara, no sé a qué volviera.
¿Debo disculparme porque eres una plasta siempre pendiente sobre mi mesa, el
cajón de mis parcialidades, porque no te termino, porque no quiero que
termines? Quiero ver tu semblante disparado de crepúsculos, para ver tu silueta,
su redondez y delgadez, surtidor de mi sombra gris, estrechez de la emigración,
el vacío que he de llenar: es allí cuando me siento algo. De tu hueco, aspiro quien
soy, reconozco el centro, la picardía, el asunto de dejarme crecer el sexo y
saber que contigo el orgasmo será un humo para mí y dentro de ti el agua más
hirviente de arroz, no el fin que no atestiguan las gaviotas de los cabellos,
mi batalla rápida, en contra de nadie, barca en una sola dirección con un solo
remo.
-–Muro no, puerta.
Otra vez no lo dices.
Otra vez en la confabulación con el honor del fondo, en la orilla, solo. Otra vez.
Otra vez al burbujeo del pensamiento, a embarrar aceites con colores en la
oceánica nata que tienes en frente. Otra vez vuelves a la nasalidad, a la
visualidad, a hacer de tu rostro, un territorio poético con éste, con éste que
sólo tú comprendes porque tú lo has pintado.

