Me enfrento al
espejo, a mi imagen. Mis años hablan en mi rostro, son los años apielados.
Desde que el dolor amaneció en mis ojos, han podido sostener ejércitos enteros
que luchan contra la dictadura dura de la montaña melancólica que se fincó dentro,
y se oyen lamentos de los que van muriendo, y sangran, y la sangre se escurre
en mis mejillas. Los veo caer, los veo vencerse, acarrearse en sombras, sombras
dictatoriales de la pena que abrasa la exactitud de la felicidad apremiante de
otro tiempo. Son fugas que me hieren la cara, pero siguen saliendo para no
pudrirse en la cueva profunda de mis ojos, lugar de sus batallas. Polvaredas
no, ríos, lluvias de nubes maniobradas por la entraña cerebral.
Salgo de mí, para ir
por fusiles. Cuerpos me ventilan. Reptiles me arrastran. Sombras se formulan
mis hermanas. Lo sé ahora: ascender es desprenderse de la estrechez del cuerpo,
no ser figura. Y sin embargo, sigo penoso y con manos y pies. Desciendo sí, ¡eso!,
desciendo. A ver si abajo hay lava que me santifique al fuego, a la piedra
fundida, seminal tierra, origen del suelo, ardiente amanecer de los volcanes. Aquí
no hay élites de la mariconería aunque todo es rosa, reconozco la mujer estampa del
sitio, pero no hay sexo si quiera. Es distancia o es espacio. Alma o caricia.
Amor o dolor. No doblo el camino, soy. Persigo la poesía, como persigo el
alimento. Algún lamento de Salvador Novo escucho, grita con las uñas pintadas
la tradición del infierno. Ha arañado los columpios izquierdos del corazón y ha
tersado la escalera derecha para que suba y le dé la mano de la que quita tres
dedos y dos de cada pie, abre un libro, los ofrece a las páginas y sólo son las
letras e y a las que se han despertado y los toman para, después de un camino
agusanado por el grosor de su cuerpo, devolverlos blancos, lagunas, abismos. Vuelvo
por mí. Enmarañado de lumbres. Han cantado veinte años, he pasado fuera sin
vigilarme. Huesudo, osamenta estoy. Lloro de mí, por mí. Pequeños vacíos como
infartos espaciales se congregan en mis codos. “Serás al tiempo, cual has llegado.
La madrugada aquí bordó su oscuridad y nos quiso estrellas, cuando a los dos
años no volvías” trazado con plumas decía mi cadáver. Marciales mis pies,
combatientes mis brazos, sembrándome a lo próximo:
Árboles como
arquitecturas, gemelos, metódicos sermones de colibríes, ternura de las aceras
de flores blancas, miles de ellas, juntas, pequeñas, bailando oleadamente en
los suspiros naturales del movimiento aéreo. Es Whitman, con su cirio como
sexo, cascadas de agua como barba, caracoles como brazos, jirafas como pies y
debajo de los ojos veinte jovencitos desnudos jugando con su cerebro que es una
flor algodonera. Su voz de calentura me esfuma. Así de simple, de corto. Bastó
un instante de su puño. Reanudé mi presencia en el espacio donde yacía,
asesinado de mí, yo. Pájaros estaban enjaulados entre mis costillas. Sus alas
eran banderas celestes. Pero me sentí triste, estaba siendo jaula más que
refugio pues piel no había, no era toldo contra la intemperie.
Ignacio Sánchez
Mejías soñado por los toros, apesadillado. Nueva York estudiando los cristales
de sus universidades, arrullando sus nostalgias, sus mercados, sus palomas, sus
mejillas. Desnuda Nueva York. Frenesí del whisky y paisaje zumbador de las
montañas tatuadas de manos. Quebrado corazón, arriba del Empire State, degollado
el demonio. “Última hora: han llevado a García Lorca a España. Nunca debió
volver” decía un enjambrado párrafo colgado con lágrimas en el puente que hirió
al Hudson.
La abandonada
intimidad de las golondrinas que un día tatuaron la espalda del mejor poeta me
cubrió, ya no fui entonces pies y brazos sino también alas negras. Un cuerpo de
despedida. Avancé por la noctámbula España, más ultrajada que el Guadalquivir.
De las alcantarillas, gitanos rezando “El jinete se acercaba / tocando el
tambor del llano. / Dentro de la fragua del niño / tiene los ojos cerrados” Gaitas
sonando con Amazing Grace. Y como gorrión veo a Lola Flores agitando las alas
que escriben en el mar el Soneto de la dulce queja. Dos muslos sonámbulos
cubrieron mi descanso. Nebulosas cerraron mi sufrimiento. Curas me congregaron
las capas del sufrimiento. Amores me apartaron de la habitación del
sufrimiento; una noche para poder levantarme y llegar frente a él, rumor de
amor, rumor de olivar, tormenta, amarga canción, aspiración, boca que endulza,
muerte coronada sin años, poesía de amapola, la sombra del jazmín, el vidrio y
el cemento. −Provienes de después, no estás –me dijo. Las lágrimas son el útero del río. Los mares
son los preponderantes infinitos de la visión, finitos de ellos mismos.
Dos sombras juntándose,
células de auroras. Lamí el pueblo de su cráneo y supe de la cremación, del
nicho del hueso.
Nada del corazón malherido,
poco del espacio triste hubo y un opaco ojo de pez se sembró en mi cabellera,
se hundió. Los pájaros ya eran uno solo y rosa. Piel ya había. Faltaba rostro.
Decidí quedarme entonces dentro de mí. A dotarme de anudado gesto nuevo, a
entrañarme, enlutado de mí, asustado de mí, anunciado de ellos, construido de
ellos, gruñendo la luz como gruñe el relámpago. Mi olor, mi peso, mi pintura,
mi lenguaje, mi lugar, eran emigraciones entonces. La misma memoria, la misma
calavera, otros soldados, otras soledades, nuevas soledades, abismos dispuestos
a ser llenados, armas para ser usadas en las inéditas revueltas que me
vibrarían otra vez.