A Sergio Rufino
Pasarán las horas sin tu secreto,
y el peso de la morfina sobre los sueños
Y tú, un recuerdo, un suspiro, nada,
cifraste el tiempo de mi mirada
posada a un bello rostro de hombre
Y me enamoré del cansancio y por primera vez,
vez de primavera.
Ay, amor, que fuiste helado pergamino y que
serás
quien de verdad escrito estuvo conmigo
durmiendo,
me ves, desde tus ojos que ojos míos nunca
fueron,
dos oscuridades, dos criaturas como marchitas,
fuentes convenidas de claves para los juicios
más hermosamente adjetivados,
solo, moviendo mi balandra lejos de las olas de
tu soplo
no sospechando que antes de beberme los nervios
me bebí el huracán de mi muñeca
y preferí la cama.
Hoy, que todo lo que digo es una mentira, al
tiempo,
te insinúo mis párpados para arrastrar el
consuelo
y te propino mis risas de visitas
de regadas ilusiones de aparejar mis labios.
Acabaré no con la virginidad de noches encima
de ti
pero sí con este poema rezagado de sol antiguo,
de cabeza de reyezuelo,
de máquina quieta y norma de la estática.
El olvido es la última, o quizás, la verdadera
muerte
los números, verdaderos o no, válidos, decibles
o no,
he contado contigo para no morir
y seguiré contando para vivir todos tus
olvidos.
Tímido egoísmo pretérito, turbia gota,
fúlgida escalera, esbeltez de la palabra,
la espiga de tu amor, no quiero,
sino tu alimento.
Ay, el yeso que quise,
la úlcera
la rapiña soñada de mis halcones ansiados
de tu cuerpo
fábrica obstinada de mi prisión
Deleitarme con tu beso es no afán sino
paralítico anhelo.
Sin embargo, pese al prado azul
de este incienso,
a pesar,
a bonanza,
si un vacío a mí te impulsara,
colmado de tu gentil materia de hombre,
derrotado en la ceguera,
hundido en la nube,
no fragante, en mí creyendo, insomne,
discurrido al frenesí,
a punto de morir, túmido,
fatigado de caricias;
me besaras, recibido y tolerado beso,
me quedara.
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