Ahogo el
descifrado cuerpo
que alguna vez
creí que me pertenecía
y salvo la vida
del ocaso
la vida de los
seis minutos
antes de vivir el
sueño,
me sumerjo en mi
rostro
de la primer
pincelada de maquillaje,
el camino que mi
voz recorre
de mi cerebro hasta mi boca
―no sé bien de
dónde,
de qué ciudad
de mi cuerpo,
de qué país de mi
piel,
de qué pueblo
de mi carne,
de qué cascada
de mis huesos,
de qué arcoiris
de mis entrañas,
vienen a inundar
el espacio para la voz
con esta voz
en este idioma
con cara de sofisma―
me sumerjo en el
veloz y profundísimo tiempo
en que en los dos
horizontes
día y noche se
reconquistan
y en ese primer
pío pío que germina
en los cricrís y
los abraza,
en la inflamación
de la tierra
de la primer gota
de sudor de la jornalera
despierta en
lluvia.
Me duermo para
escuchar
el primer gesto
de la formación de una ola
en los pechos de
mis amigos
con ranuras de
amantes y hermanos
de sus cuerpos
recobrando la luz
entre dueños y
poseídos,
en un segundo
sueño de mañana
porque estoy en
casa desconocida.
23 de marzo 2020

