martes, 17 de diciembre de 2013

Confabulación




a Gerardo Ugalde 


Sobre la base blanca, siempre blanca, casi transparente, tiritan sus manos;
trepidan los cabellos de un venado, sobre el árbol que será esa idea:
Árbol doloroso. Árbol que sucumbirá de frutos y colores.
Árbol de miseria que todo entenderá
solo frente a los ojos de
quien lo ha pintado.

¿Dónde está Gerardo? Sobre noches, iluso; sobre puentes, pensando; sobre luces, buscando luciérnagas. Volverá a nacer todos los días, porque cada día es un anhelo a punto de cambiar, siempre a punto. A punto de cumplirse, de terminarse y volver a tener otro.

¿Te acuerdas de cuando estuvimos juntos esa noche? ¿Qué hubiera pasado si te hubiera besado en lugar de hacer lo que hicimos? Por supuesto que el equinoccio y que la luna; que las flores; por supuesto que nos dijimos te amo; claro que obedecimos al deseo; sí, semejantes del cielo, nos hicimos. Pero, ¿te acuerdas de qué renunciamos? Sí, de qué, no a qué renunciamos.

−Mira mis ojos; velos bien; obsérvalos.
−Son dos noches turbias.
−Toca mi nariz y dime qué sientes.
−Siento pasar la vida.
− ¿Qué son mis mejillas?
−Son dos estepas
−Respira de mi cuello ¿Qué respiras?
−Un robusto edificio suave; huele a madera caliente, lijada; respiro el cimiento de tu inteligencia y además… ¡Ay, tu manzanita!
− ¡No la toques, jaja…ja!

Espera a que pase su risa. El dedo índice y el medio en ye, vuelven al cuello y bajan para, junto con el pulgar, desabrochar tu camisa. Descubre la profundidad de tu ombligo y, porque no pudiste suprimir que te quitara el pantalón y, de nieve, la ropa interior; descubre también la firmeza de tu pubis, su sombra varonil que se pronuncia en tu entrepierna; y tu sexo, hermosamente dormido… Y, de lanza la mirada; de caricia la mirada…; las venas se hinchan, tensan tu piel y, sobre esa tensión, ensalivada lengua: ahoga su aliento y anega de tu proyectil anatomía su boca.

       −Oye, esto está mal.
       −Pero, ¿qué sucedería si esto no sucediera?

Serpientes turquesas, arcas, mejores que hijos de los aires, corrientes de esperanzas, terreno del hueso salado, almíbar del ocaso, infructuosa estatua, párpados hundidos, ojos que se desprenden, sueño adolorido, zapato incrustado, rojizo movimiento, aceitoso rubor de montaña, alba de los juegos del hombro, campos de los ojos vírgenes, procedimiento del esqueleto, sistema de violín, repara, reparan, duerme, duermen, y los termómetros del mar ya son la habitación que te espera ardiente, fulguroso, cruz que latirá, voz del horror, superficie del desierto, opresión de madrugada.

Degüéllate, fruto de dos cabezas; piérdete, hermano del laberinto; acúsate, privilegiado blanco; muérete, mausoleo, te quiere vivo. Entúrbiate, cristal, salte de su herida.

      −¿Por qué lo mutilamos?
−¿El qué?
−El fracaso…
−No sé por qué, lejos de ti, mueren tus ojos, tus besos, tus manos huesudas, tus labios gruesos. Se me olvida el reproche de la soledad. Se me olvida que tengo en el estómago el corazón que me dejaste comer, porque sí lo como, pero tampoco recuerdo a qué sabe. Sé que tienes espalda, pero no sé cómo es, en qué se distingue de las demás. Para reconocer la mía, tengo un juego de dos espejos, para poder saber cómo soy. Se me olvida, qué tan largas son tus pestañas y si están rizadas; cuánto son negras, algunas venas de tus ojos. Se me olvida el color exacto de tus dientes. Sé que no son blancos, sé que tienes una uña larga –de tu meñique–; que te depilas algunas cejas; que te presté dos libros; que reíste, pero no recuerdo qué tan larga es tu uña, ni cuántas cejas te quitas, qué libros son, ni cómo reíste. Sé que cantas, que tocas guitarra, que me enseñaste, que lo intentaste, pero recuerdo más que fue sobre tus piernas, el calor de tu pecho y el aliento sobre mi cuello. ¿Debo pedirte perdón? Es que si no te olvidara, no sé a qué volviera. ¿Debo disculparme porque eres una plasta siempre pendiente sobre mi mesa, el cajón de mis parcialidades, porque no te termino, porque no quiero que termines? Quiero ver tu semblante disparado de crepúsculos, para ver tu silueta, su redondez y delgadez, surtidor de mi sombra gris, estrechez de la emigración, el vacío que he de llenar: es allí cuando me siento algo. De tu hueco, aspiro quien soy, reconozco el centro, la picardía, el asunto de dejarme crecer el sexo y saber que contigo el orgasmo será un humo para mí y dentro de ti el agua más hirviente de arroz, no el fin que no atestiguan las gaviotas de los cabellos, mi batalla rápida, en contra de nadie, barca en una sola dirección con un solo remo.
-–Muro no, puerta.

Otra vez no lo dices. Otra vez en la confabulación con el honor del fondo, en la orilla, solo. Otra vez. Otra vez al burbujeo del pensamiento, a embarrar aceites con colores en la oceánica nata que tienes en frente. Otra vez vuelves a la nasalidad, a la visualidad, a hacer de tu rostro, un territorio poético con éste, con éste que sólo tú comprendes porque tú lo has pintado. 




lunes, 16 de diciembre de 2013

decir de ti



a Fernando Irineo



I

Decir de ti, lo verdadero
sería afirmarte doble vez,
por vez primera.
Amigo,
fuente de raíz: tu pensamiento,
sangre verde, árbol de calavera,
he visto, sobre tu corazón,
la estalactita,
la pena erguida;
he visto
sobre tu boca el beso
y sembrándolo en pájaros.
Tengo miedo de escribirte
porque escribes.
Tengo miedo de no decirte.
Pero adopto los vocablos
como una juventud que se está yendo
para estar como tú,
en contra del silencio.
Sobre la palabra dicha
se edifica la patria.

II

No son tus ojos, los ojos de Octavio Paz,
ni su mirada, tu mirada erudita.
Es una voz laberíntica que recita,
que, albinamente, no dirá al alcatraz. 



lunes, 9 de diciembre de 2013

Mapa en el agua




Que me olviden, si es que pueden,
aquellos hombres que dejé cansados.
Que usen agua para dibujarme,
porque eso fui, una línea en el agua
que tracé navegando.

Me conmovieron sus sombras
cuando me sedujeron con ellas
porque antes que amante,
he querido, de oscuridades, ser poeta,
que trepide sueños
y arranque la carne
de sus lujos del drama
y que luego se silencien,
−en el poema que lo hagan−
se silencien las heridas
en las mazmorras de los violinistas
o en la voz suya, de masculinas danzas,
jamás con mi voz pitada y escandalosa
de Diego Rivera,
sino de Salvador Novo o Vladimir Rubio,
en quienes el abismo presume
su sonido profundo,
grave,
de vocablo estremecido
para que con dolor presientan
−porque poesía es dolor−
lo que aguardan en cada penetración
del cuerpo y la mirada.