Hablo contigo, con
nadie, de ti, sombra, muerte, paz, dominación del tiempo. Nunca otra cosa que
una muralla. Si en algo he estado, ha sido en la voluntad de revivirte. Fuera
de mí, contigo. Federico ¿Qué fábula y qué flores? Abierta araña trasatlántica,
has sido, y el dos. Un soldado limitado de guerras, ha venido esta noche a
acariciarme y lo he despreciado, no tenía tu voz, ni tus manos, menos sabía en
qué madrugada norteamericana estuviste, ni en qué verbena los cocodrilos te
cantaron hasta que se hicieron perros y luego golondrinas, luego abejas y hasta
caballos, como lo meditaste, y entonces hacia la muerte fueron alegres, vividos
de todo, satisfechos. Por ti me siento poeta, ahora, por ti lo he sido.
Huéspedes los versos en mis venas; perros, en mi corazón, tus poemas; aldeas de
palabras, riscos de párrafos duros, he tenido. Plomos, hasta memorias,
experiencias, la propia voz que me levanto, el propio llanto, la mirada propia,
el gesto, la imagen, la ropa, el sombrero, la almohada, menos el amante, he
copiado de tu copiosa estampa. No sé escribir canciones, pero sé aullar la
cama, el desencanto, hacer de las nubes mutilaciones sonoras de los vientos, que
tormentas sean los limpios cielos. He sudado de los volcanes de mi tierra a
Granada caliente, líquida para vivir herido. Además, este Agosto, me he sentido
solitario; estoy rodeado de malos caracoles, de playas sin tortugas, pero me ha
salvado lo que me hiciste soñar:
Salvador Dalí jugaba
con largas trenzas de sus bigotes por donde subían hormigas con patas de
gallinas que cantaban Nessun dorma y él era su propio concierto. Ignacio
Sánchez Mejías toreaba las estrellas que lo intentaban asesinar y lo único que
pudo matar fue a los marineros que intentaban besarlo, sobre órbitas de la
caricia homosexual. Fugaces eran entonces las bolas encendidas que los propios
toros guiaban. Bailarines de ballet, de tango, paisajes de gitanos, en cante
jondo, el ansia del cáncer, el amor que ya era roca. En las terrazas de
edificios muy altos, había una cascada de rebozos y Bernarda Alba era una
multiplicación en el espacio, en los relojes, en esa lluvia por donde
resbalaban lágrimas de tus gacelas oscuras. Sombras, sí, gacelas sombras,
fantasmas de las gacelas, verdaderos llantos cayendo. Yo era una gacela. Sentado
sobre tu nombre, con un bolígrafo de mis propias plumas, tomaría el dictado de
tu poema póstumo y presente, con la tinta del río Hudson, gris, con lenguas de
aviones, coronado de miel; pero tu voz, fuera del sueño, el centro del vacío,
la búsqueda perpetua, no llegó. La luna enharinada de sol, el sol clavado en el
eclipse, la tierra con néctar de espejos, danzaban los edificios, encima de
hombres. Tú, de repente ya soñabas, ya tus muslos descansaban, ya tus ojos se
cerraban de nuevo y esta vez para siempre: pesadilla.
Sucumbo este Agosto,
este año de nebulosas. Y vuelo encima de fuentes.
Sigo esperando,
espero a un hombre de oídos abiertos, pedinche de poemas, que se tienda a la
cama, abierto, pidiéndome lectura, la voz mía, diciéndole lo que no es mío pero
que parezca, como a veces funciono. Quizás de ti vencido, venzo mi voz, mi
pensamiento, el orgullo. Te conviertes, en mí, soberbio. Te arrullo, arrullo al
libro, al tiempo, tu muerte, tú muerto, saldrás de este que quiere ser tu
espejo, enemigo vencido, vencedor de mí, venzo para separarme, atraerme, ser,
dormir la historia, regocijarme en la ventura de tu alborotado pecho; vencer la
indiferencia es morir. Quiero levantarme, correr, irme, sumirme en ti, sumiso,
que tu poesía sea un templo, un dogma, mi estigma.
Tú, que estás en mi
segunda raíz, eres el centro de mi vientre, de mi parcela que ha fincado
flores; en vientos, ido pétalos que vencen las estrellas y al carbono.
Aquellos que me
conocen, te conocen. Quiero ser como tú, no lo haré, no seré, pero lo aspiro. Soy.
Lloro, sin lágrimas,
todos los días, gimo, desde el cerebro, como, con angustia, con culpa. Caudal
de miedo. Luna de ojos, de lágrimas, la luna que lloraba en tu nombre; las
ramas de tu nombre, el tiempo de las ramas no ha partido. Tú.
Eres mi clínica,
Federico, fórmula de mi poesía.
Cuando mane hedor de
mi aflorado cuerpo, cuando lance mi última herida, la definitiva, cuando el
luto sea la conversación que han de darme, cuando me recen, cuando tú no seas
menos, cuando sea más, cuando el silencio sea mi rostro, mi jardín se confunda,
parezca plomo, negro, fulgor de sombra, cuando quieran leer toda mi poesía,
cuando los deshabite, los deshabite para que me busquen, sollocen mis amigos,
se estremezcan mis venas, me derruyan larvas, cobre el destino mi recorrido;
tú: origen: yo:
poesía
tuyo, el humor de las
flores,
la sapientísima
poesía, la dolorosa, la tragedia; saldrás de mí, ya no me vestirás. Seremos lo
mismo: muerte. Menos que cuerpo, dibujo; menos que sangre, óleo, aceite,
brebaje; que eternidad, tiempo; que viento, suspiro y no propio. Recuerdo. Así,
no juntos, como nunca, como a través de la modernidad espesa, la diáspora, tu
camino, mi destino, fincaremos el Adiós y éste será la casa eterna.

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