lunes, 6 de octubre de 2014

Te vi en la médula del sueño



A Vladimir 



Te vi en la médula del sueño el día en que tu cuchillo fue una soledad sin equilibrio. Te vi llorar cuando las iguanas hicieron de los troncos, modos de embriagarse con lenguas de lagos.
Estabas en el teatro de las calaveras; en el lugar donde dos hombres fueron un rostro. Estabas en el día en que todos los minutos formaron el cuerpo de un bailarín y que por voz tenía una cintura. Hablaste con los niños y penetraron las avenidas con gemidos. Y gemiste. Gemiste como esquirlas de espejos en una cama de unicel.
Una acuarela sufrió de agua.. sufrió el azul del juicio del cielo, del mar, por donde estuvieras si no las azoteas fueran una caja. Gimo por tu eclipse. Yo quise salvarte y confundir juntos la huella del pulmón por donde pasaron, sonámbulas, nubes de angiospermas, expresiones en huevo que no incubamos con el aliento tibio del fósil de la tormenta. Estudias el banco de los vocablos. Amas la paradoja. Despiertas en los relojes que formaron alguna vez al desierto. Rompes el cristal que formó alguna vez al desierto. Respiras el aire que estuvo alguna vez en el desierto. Definitivo desierto, frenético, criatura del enjambre de la furia del universo.

Yo vi cómo se formaron tus ojos: hervía la costra de la miel, hervía el amarillo de cierta epidemia temblorosa de hace siglos. Vi sobre dos muros subir a quienes querían ser tus huéspedes -yo era una tarde que lejos ocurría- eran criaturas de vidrio y obsidiana. Vi a dos herreros forjar las venas ópticas. Vi filtrarse a dos leones y al color de la agonía en manos de un borracho que se cortó los brazos para quedarse mudo. Vi a las abejas defecar su sangre definitiva. Vi romperse cañas y el porvenir de las almendras. Vi ataúdes adentro de sus muertos y vi lavarse al agua. Vi desembocar un violín que te soñaba y al sueño cargar su vigilia. Vi a elefantes y ranas comer las lenguas de pericos que vivieron dos mil años en un manicomio para incorporarse a los vestidos que adornaron el cuerpo de un ebanista que exprimió rosas durante tres edades esperando tu sexo y que es el neutro humor que aparece en tu vista cuando miras el reloj que acaricia tu cementerio -Yo ya era una madrugada para cuando tus ojos mutilaban la perfecta dentadura de un capitán sin remo-  Yo soy el helecho que atestigua tu expresión, al que filtras con tu carne el amor mío tan verde como el pulso del origen. Vi formarse esta mutilación en el reflejo de tu sangre. 





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