a Alfonso
Esculpes la huida, la
armoniosa estampa de los simulacros, nunca definitiva la flor… Ofrecerás la
espiga al chupamirto y beberás de su velocidad.
Te molestará mi voz
porque te anega; no te dirá lo que pensaste de mi música, esperabas que tuviera
algún residuo varonil espeso, como petróleo que pronuncia su antropología en su
oscuridad nostálgica… o esperabas que te dijera, a ti que te dijera, pero ¿cómo
se dice al himno peregrino?
Esperabas anegarte de
sol, pero no soy el sol sino tu sombra. Esperabas un hombre a la muerte
consagrado, pero soy menos que tú de edades: todavía me río de la guerra.
Sombra y hueso, hicieron arquitectura.
Prosa y cielo… prosa y cielo…
Preguntarás la nube,
el país del mudo.
Al país del mudo,
llegarás
para seguir viviendo.
Me oirás,
en el territorio del silencio,
donde me tienes no,
sino en el hirviente mármol, donde sangre y agujero no se hieren y como un pétalo se sienten.
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