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Vence
esa túnica de puta para arrancarte el miedo. Vence la tribu de tus ansiedades. Véncete,
puta. Oblígame a calentar tus piernas, a vencer la amamantada lluvia de las
descendidas anacondas fluorescentes.
El otoño
nunca otoñará la empavonada superficie de los labios de bilés líquidamente
marchitos.
Al
besar, escribes; al escribir, narras el placebo. Encima del vello púbico, matorral,
fermentación, raíces, germen, nupcial bautismo que hermana piel y cielo, nace
un árbol de hierro. Véncelo, vénceme, mujer y hombre, nocturno espejo. Chíngame
la boca y el sexo, busca el burbujeo mineral de mi garganta menos enamorada.
Eres el tiempo en cortina. Eres el tiempo en falda. Eres este tiempo de masa,
de carretera. Eres este tiempo con una voz perdida y una juventud que se
levanta. No rutinario tiempo. De agua, eres este tiempo. Al separarme de un
brazo, me voy de ti, me hundo. Eres esa fatalidad y ese secreto que me insufla
con alientos de un hueco y una espina.... un hueco y una espina... Vencer la
nuca y olvidarme que somos sólo pechos. Vencer tu espalda y mirar al sol en
flor de madrugada. !Qué vientre, amor, qué yegua de aventura!, en esa estepa,
siempre estepa confinada, que nos modera. Vencer tus ojos, nublar la obscenidad
que me proclama, espuela entumecida y luego espuela abierta y dura, el corazón
es siempre bocarriba.
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Este
he sido ¿Éste? Siempre lo dudo ¿siempre? Me llenará una dimensión. Me bastará
un suspiro, ¿un beso? Era así la yema de sus dedos. Era la oscuridad la piel de
su memoria y soné amarrado en los pies de un desierto, soné silencio. Flor de
mis identidades, páramo de cuevas, luces políticas de hombres sin política,
alumbran la fatigada diadema de mi pensamiento.
lll
He
liquidado mi desnudez en los espejos. He sido guiñado por el pecho de un
caballo. Me ha atormentado el ansia de ser una mujer que lo recuerde todo, que
nombre cada cabello, que lo quiera, que mis uñas sean territorios, patrias, de
acrílicos, de siglos; de tirarme al mar desde el confín celeste; de ser la
misión de un hombre, de un niño. Que mi entraña tenga un nombre, que no me
eviten los estúpidos, que brinden sobre mí hipocresías y globos de silencio
esperen mi contraste; que se me desarreglen más los dientes y los sueños y
tener un tubo muy caliente y, sobre un clavicordio, cantar que tengo más amigos
que libros.
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