jueves, 24 de julio de 2014

El tiempo en falda




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Vence esa túnica de puta para arrancarte el miedo. Vence la tribu de tus ansiedades. Véncete, puta. Oblígame a calentar tus piernas, a vencer la amamantada lluvia de las descendidas anacondas fluorescentes.
El otoño nunca otoñará la empavonada superficie de los labios de bilés líquidamente marchitos.

Al besar, escribes; al escribir, narras el placebo. Encima del vello púbico, matorral, fermentación, raíces, germen, nupcial bautismo que hermana piel y cielo, nace un árbol de hierro. Véncelo, vénceme, mujer y hombre, nocturno espejo. Chíngame la boca y el sexo, busca el burbujeo mineral de mi garganta menos enamorada. Eres el tiempo en cortina. Eres el tiempo en falda. Eres este tiempo de masa, de carretera. Eres este tiempo con una voz perdida y una juventud que se levanta. No rutinario tiempo. De agua, eres este tiempo. Al separarme de un brazo, me voy de ti, me hundo. Eres esa fatalidad y ese secreto que me insufla con alientos de un hueco y una espina.... un hueco y una espina... Vencer la nuca y olvidarme que somos sólo pechos. Vencer tu espalda y mirar al sol en flor de madrugada. !Qué vientre, amor, qué yegua de aventura!, en esa estepa, siempre estepa confinada, que nos modera. Vencer tus ojos, nublar la obscenidad que me proclama, espuela entumecida y luego espuela abierta y dura, el corazón es siempre bocarriba.

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Este he sido ¿Éste? Siempre lo dudo ¿siempre? Me llenará una dimensión. Me bastará un suspiro, ¿un beso? Era así la yema de sus dedos. Era la oscuridad la piel de su memoria y soné amarrado en los pies de un desierto, soné silencio. Flor de mis identidades, páramo de cuevas, luces políticas de hombres sin política, alumbran la fatigada diadema de mi pensamiento. 

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He liquidado mi desnudez en los espejos. He sido guiñado por el pecho de un caballo. Me ha atormentado el ansia de ser una mujer que lo recuerde todo, que nombre cada cabello, que lo quiera, que mis uñas sean territorios, patrias, de acrílicos, de siglos; de tirarme al mar desde el confín celeste; de ser la misión de un hombre, de un niño. Que mi entraña tenga un nombre, que no me eviten los estúpidos, que brinden sobre mí hipocresías y globos de silencio esperen mi contraste; que se me desarreglen más los dientes y los sueños y tener un tubo muy caliente y, sobre un clavicordio, cantar que tengo más amigos que libros. 












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