Y esa flor, esa flor, amor, el huevo templado
del mar, tu amorosa sonrisa, tus manos, las barrancas de los te amo, a tiempo,
cuando no eras este cadáver, el nombre de esta comarca, el derrotado nombre,
ciudad de México, Popocatépetl, sor Juana Inés de la Cruz, Buganvilias, las
siete de la tarde ¿o decías que era ya la materia de la noche esa hora... esa
flor anatómica, amarrada, sepultada, esa flor: Óscar Wilde, el libro azul que
permanece en el librero y tiene tu nombre. Dorian Gray es un comando de piernas
sobre mis hombros, y Gustave Flaubert es la cama mecida en agosto. Pero me
empuño y Jean Genet y Cocteau son, lo que eras roído: el sudor, el polvo de las
cortinas, las últimas cortinas, las grises, los rieles de los cañones, dueño de
casi todos los nombres en los que me hago, todavía, y para siempre. Amor de nunca,
te amaré siempre mañana. Mis pómulos ya son tenientes de las lágrimas y la
imposibilidad ya no me espía, es el sur, el norte, la guarida del amanecer y la
enclaustrada agua de miedo de la noche. A Iztaccíhuatl, le nace el sol; el
Ajusco, lo absorbe, en el valle de México, lo decía, lo repetía, pero olvidaba
el oriente. Me empuño. Xavier Villaurrutia, turbia muñeca de la electricidad y
mis zapatos, mis piernas, ciudad de los murciélagos, esponja de aguamarinas, de
rocas más; con él, finjo que me ablando y que saber me duele. Me empuño. Carlos
Fuentes, arteria estrófica, membrana de intestinal modelo. Me empuño. Octavio
Paz, racimo de emigración e inmigración de aguaceros desérticos, mascara con dos
rostros, poético y laberíntico sol, segundo pie de sor Juana. Me empuño.
Wislawa Szymborska, Olga Orozco, Alejandra Pizarnik, Rosario Castellanos,
Alfonsina Storni, integración femenil de mis varoniles enemigos, separación del
corazón y las venas y, sin embargo, maquinal plumaje erguido, administradoras
del suicidio, de la inquieta arruga del sueño y de la depuradora mirada de un
siglo, del entrelazado dolor con la alegría, matiz carnal y color de la
conquista. Me desconozco. Pablo Neruda, ojo entrañado, raíz de un ciclón
mineral, atmósfera del aguijón que tengo en, de mi brazo, la vena. Me
reconozco. Federico García Lorca, lámpara extendida, montaña española de granadina
voz, imagen del heroico y patriótico fusilado, sangre de afiebrada temperatura,
aullido de los tropos gitanos, principio de mi vida, de esta vida. Cuando no
éramos este cadáver, textil oxígeno fuimos, cuando no éramos esta flor.
Imagen: Ariel Soto

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